Mucho se ha escrito sobre la crisis financiera que atraviesa nuestro planeta. Los gobernantes de los principales países están recurriendo a sus últimos ahorros para rescatar bancos, aseguradoras y entidades hipotecarias. La “maquinita” sigue en movimiento, generando más dinero para que circule por el mercado, mientras que las industrias (léase, empresas no financieras) no encuentran mensajes claros para solucionar la grave situación que enfrentan.
Lo que no han notado los gobernantes de las principales (aun) potencias mundiales es que no es la primera crisis que atraviesan, pero sí parece ser la que está rodeada de más especuladores que estrategas o de ex líderes financieros que buscan enmendar -con la misma medicina- el daño causado. Toda esta situación produce un vacío en la relación entre ciudadanos, productores, artesanos, cocineros, operadores turísticos y el Estado. Mientras tanto la Deutsche Welle inunda nuestras pantallas con transparentes reportajes que nos muestran cómo transportistas de carga pesada pernoctan ocho días en las carreteras esperando retornar a su lugar de origen con alguna mercadería importada o para exportación en mercados que han reducido significativamente su comercio internacional, y del otro la de la ciudad cómo se desaloja a innumerables familias por falta de pago de la hipoteca.
Los grandes problemas se solucionan exclusivamente si se atiende y participan todos los afectados. Esta crisis ha dejado de ser sólo una de corte financiero. Hay problemas sociales que atender, empleos que recuperar, familias por alimentar, desalojos que evitar. Y la única forma es mediante un programa estratégico que haga partícipe a la sociedad afectada; pero claro está, bajo un plan estratégico ganador.
La historia nos enseña que en las más duras crisis se generan las situaciones más ejemplares. Para muestra, pensemos en el desarrollo de la industria japonesa después de la segunda guerra mundial y cómo el planteamiento de desarrollar el sector productivo generó notable éxito.
En la década del 50, Japón venía de ser derrotado en la guerra más cruenta de la historia; habían desaparecido decenas de miles de personas, pero se mantuvo vigente su esperanza. Veíamos una industria prácticamente inexistente, gran parte de la población de edad productiva había fallecido en el campo de batalla y a consecuencia del ataque nuclear, habían desaparecido ciudades enteras (activos), era un país sin recursos propios (capital y materia prima) y en consecuencia, el desempleo era altísimo. Ante esta situación, el Ministerio de Industria y Gobierno ofreció su gente a los vencedores como mano de obra barata, creyendo que era la única alternativa para que puedan tener un empleo y así se pueda alimentar a la población.
En 1960, gracias a la conciencia de trabajo e ímpetu del japonés, se había mejorado el nivel de empleo a un estándar adecuado; sin embargo, el mercado interno seguía deprimido debido a la falta de consumo de parte del mismo ciudadano. Por lo tanto, el único mercado para sus productos era el externo. El Japonés era tildado como mano de obra barata. Al conocer su panorama, notaron que su estrategia que fue efectiva en los cincuentas debía modificarse; y así, plantearon una estrategia operativa de aumento de la producción (menor costo por unidad producida) para así poder producir mucho y barato, dirigiendo toda su producción al mercado internacional a buen precio.
Para 1965, la situación socioeconómica de Japón había mejorado notablemente, al extremo de hablarse del “milagro japonés”, debido al incremento del comercio internacional. El siguiente paso era conseguir mayores ventajas en costes por aumento del tamaño de mercado y concentrarse en la búsqueda de economías de escala. Así, arrasaron con la competencia, sobretodo en los mercados de automóviles, motocicletas y equipos tecnológicos. Luego, siguiendo las reglas de mercado, cuando se quedaron sin competidores, incrementaron estratégicamente sus precios, mejorando aún más sus ingresos y en consecuencia, su calidad de vida.
Sin embargo, el producto japonés, a pesar de estar en todo el mundo, aun no era conocido por el consumidor como un producto de buena calidad (“Japonés: barato pero malo, Alemán: Bueno pero caro”). Es así que, en la década del 70, la nueva estrategia consistió en la búsqueda de liderazgo en calidad, sin perder su ganada condición de producto de precio adecuado.
Ya en 1980, la producción en masa de la industria japonesa era reconocida como de buena calidad y precio. Sus automóviles y equipos tecnológicos habían desplazado a la producción de países desarrollados que lideraron estos mercados por décadas. Sin embargo, en esta etapa el consumidor ya no deseaba adecuarse al producto que encontraba en el mercado, sino por el contrario, deseaba que el producto se adecuara a sus necesidades: la producción en masa ya no satisfacía al cliente.
Es así que en Japón renuevan –una vez más- su estrategia operativa, focalizando sus fuerzas a la atención de las necesidades del cliente. Ya no se colocaba en el mercado los productos que decidía el empresario, sino por el contrario, lo que exigía el consumidor. Y así, rediseñaron su producto final y toda su cadena de producción para ser más versátiles y lograr una mayor diversificación en su oferta. Una vez más, el éxito los acompañó.
La situación actual dibuja a Japón de cuerpo entero; muestra a un país que pasó de estar absolutamente destruido, quebrado y golpeado por una cruda guerra, a ser reconocido como líder empresarial, vanidoso de la calidad de su producción, con presencia en todos los mercados del mundo, mostrándonos hoy un ejemplar nivel de desarrollo empresarial. Una industria que aprendió de terribles vicisitudes. Una población que no sólo tuvo que superar una crisis de falta de dinero, o caída del precio de alguna materia prima, sino que se enfrentó con la frente en alto a una verdadera crisis que les había golpeado el orgullo y el alma.
Aprendamos de los japoneses; que las principales potencias económicas abatidas por la desesperación por recuperar el dinero perdido vuelvan su mirada al particular “milagro japonés” y permitan que sus empresarios emprendan nuevos vuelos con estrategias claras y planeamientos nacionales que dirijan su mirada a la industria, el intelecto, la creatividad, los servicios, quienes -una vez más- subsanarán los errores de ambiciosos financieros que buscaron ganar mucho haciendo muy poco.
Lo que no han notado los gobernantes de las principales (aun) potencias mundiales es que no es la primera crisis que atraviesan, pero sí parece ser la que está rodeada de más especuladores que estrategas o de ex líderes financieros que buscan enmendar -con la misma medicina- el daño causado. Toda esta situación produce un vacío en la relación entre ciudadanos, productores, artesanos, cocineros, operadores turísticos y el Estado. Mientras tanto la Deutsche Welle inunda nuestras pantallas con transparentes reportajes que nos muestran cómo transportistas de carga pesada pernoctan ocho días en las carreteras esperando retornar a su lugar de origen con alguna mercadería importada o para exportación en mercados que han reducido significativamente su comercio internacional, y del otro la de la ciudad cómo se desaloja a innumerables familias por falta de pago de la hipoteca.
Los grandes problemas se solucionan exclusivamente si se atiende y participan todos los afectados. Esta crisis ha dejado de ser sólo una de corte financiero. Hay problemas sociales que atender, empleos que recuperar, familias por alimentar, desalojos que evitar. Y la única forma es mediante un programa estratégico que haga partícipe a la sociedad afectada; pero claro está, bajo un plan estratégico ganador.
La historia nos enseña que en las más duras crisis se generan las situaciones más ejemplares. Para muestra, pensemos en el desarrollo de la industria japonesa después de la segunda guerra mundial y cómo el planteamiento de desarrollar el sector productivo generó notable éxito.
En la década del 50, Japón venía de ser derrotado en la guerra más cruenta de la historia; habían desaparecido decenas de miles de personas, pero se mantuvo vigente su esperanza. Veíamos una industria prácticamente inexistente, gran parte de la población de edad productiva había fallecido en el campo de batalla y a consecuencia del ataque nuclear, habían desaparecido ciudades enteras (activos), era un país sin recursos propios (capital y materia prima) y en consecuencia, el desempleo era altísimo. Ante esta situación, el Ministerio de Industria y Gobierno ofreció su gente a los vencedores como mano de obra barata, creyendo que era la única alternativa para que puedan tener un empleo y así se pueda alimentar a la población.
En 1960, gracias a la conciencia de trabajo e ímpetu del japonés, se había mejorado el nivel de empleo a un estándar adecuado; sin embargo, el mercado interno seguía deprimido debido a la falta de consumo de parte del mismo ciudadano. Por lo tanto, el único mercado para sus productos era el externo. El Japonés era tildado como mano de obra barata. Al conocer su panorama, notaron que su estrategia que fue efectiva en los cincuentas debía modificarse; y así, plantearon una estrategia operativa de aumento de la producción (menor costo por unidad producida) para así poder producir mucho y barato, dirigiendo toda su producción al mercado internacional a buen precio.
Para 1965, la situación socioeconómica de Japón había mejorado notablemente, al extremo de hablarse del “milagro japonés”, debido al incremento del comercio internacional. El siguiente paso era conseguir mayores ventajas en costes por aumento del tamaño de mercado y concentrarse en la búsqueda de economías de escala. Así, arrasaron con la competencia, sobretodo en los mercados de automóviles, motocicletas y equipos tecnológicos. Luego, siguiendo las reglas de mercado, cuando se quedaron sin competidores, incrementaron estratégicamente sus precios, mejorando aún más sus ingresos y en consecuencia, su calidad de vida.
Sin embargo, el producto japonés, a pesar de estar en todo el mundo, aun no era conocido por el consumidor como un producto de buena calidad (“Japonés: barato pero malo, Alemán: Bueno pero caro”). Es así que, en la década del 70, la nueva estrategia consistió en la búsqueda de liderazgo en calidad, sin perder su ganada condición de producto de precio adecuado.
Ya en 1980, la producción en masa de la industria japonesa era reconocida como de buena calidad y precio. Sus automóviles y equipos tecnológicos habían desplazado a la producción de países desarrollados que lideraron estos mercados por décadas. Sin embargo, en esta etapa el consumidor ya no deseaba adecuarse al producto que encontraba en el mercado, sino por el contrario, deseaba que el producto se adecuara a sus necesidades: la producción en masa ya no satisfacía al cliente.
Es así que en Japón renuevan –una vez más- su estrategia operativa, focalizando sus fuerzas a la atención de las necesidades del cliente. Ya no se colocaba en el mercado los productos que decidía el empresario, sino por el contrario, lo que exigía el consumidor. Y así, rediseñaron su producto final y toda su cadena de producción para ser más versátiles y lograr una mayor diversificación en su oferta. Una vez más, el éxito los acompañó.
La situación actual dibuja a Japón de cuerpo entero; muestra a un país que pasó de estar absolutamente destruido, quebrado y golpeado por una cruda guerra, a ser reconocido como líder empresarial, vanidoso de la calidad de su producción, con presencia en todos los mercados del mundo, mostrándonos hoy un ejemplar nivel de desarrollo empresarial. Una industria que aprendió de terribles vicisitudes. Una población que no sólo tuvo que superar una crisis de falta de dinero, o caída del precio de alguna materia prima, sino que se enfrentó con la frente en alto a una verdadera crisis que les había golpeado el orgullo y el alma.
Aprendamos de los japoneses; que las principales potencias económicas abatidas por la desesperación por recuperar el dinero perdido vuelvan su mirada al particular “milagro japonés” y permitan que sus empresarios emprendan nuevos vuelos con estrategias claras y planeamientos nacionales que dirijan su mirada a la industria, el intelecto, la creatividad, los servicios, quienes -una vez más- subsanarán los errores de ambiciosos financieros que buscaron ganar mucho haciendo muy poco.